Según León (2004), con la publicación en 1904 de
un tratado sobre la adolescencia, el psicólogo Stanley
Hall constituye a la adolescencia y la juventud
como campos de estudio dentro de la psicología
evolutiva, definiéndolas como edades tormentosas
con innumerables tensiones en las que el joven adquiere
los caracteres humanos más elevados.
Lozano (2003) sostiene que la búsqueda de una
definición de lo juvenil no es simple porque éste es
uno desde el punto de vista de la biología y es otro
si se habla de una cualidad social o fenomenológica.
Así, mientras algunos ven a los jóvenes como aquellos
que no pueden seguir siendo considerados niños
pero que todavía no son adultos, otros los definen
como aquellos que se revelan y/o luchan por el poder
de los mayores. Por su parte, Soto (2005) afirma
que la adolescencia y la juventud se han interpretado
desde diversas perspectivas que han aportado un
conjunto de conocimientos acerca de estas edades.
El psicoanálisis, por ejemplo, plantea a la adolescencia
como una fase de cambio que implica lo que se ha
llamado el “segundo nacimiento”. La sociología y la
antropología, en cambio, afirman que la juventud
es una construcción histórico-social, producto del
conjunto de relaciones instituidas en una sociedad
Ante esta pluralidad de posiciones, Pérez (2002,
citado en Machado et al., 2008) ofrece unos criterios
comunes en la literatura sobre juventud. Así,
entre otras cosas, la juventud:
• es un concepto relacional que adquiere sentido
en la interacción con categorías como
las de género, etnias y clase social;
• es históricamente construida puesto que
los contextos social, económico y político
configuran características concretas sobre
el vivir y percibir lo joven;
• es situacional ya que responde a contextos
concretos bien definidos;
• está constituida tanto por “hétero-representaciones”
elaboradas por agentes o instituciones
sociales externos a los jóvenes, como
por autopercepciones de los mismos jóvenes;
• se construye en relaciones de poder definidas
por condiciones de dominación, centralidad
o periferia, en las que se dan procesos
complejos de complementariedad, rechazo,
superposición o negación, y
• se produce tanto en lo cotidiano en ámbitos
íntimos como los barrios, la escuela y el
trabajo como en lo “imaginado” en comunidades
de referencia como la música, los
estilos y la internet.
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