Las problemáticas y retos de los
jóvenes de hoy
Con base en un estudio iberoamericano descriptivocomparativo,
Casullo et al. (2001) afirman que las problemáticas de la juventud hacen referencia a toda
situación que vulnera su autoestima o que obstaculiza
su satisfacción de normas y expectativas sociales.
Para estas autoras, tales problemáticas suponen
valoraciones negativas de sucesos o situaciones particulares
que impactan tanto el ego como las relaciones
con otros sujetos, objetos y eventos. Desde esta
perspectiva, establecieron ocho tipos de problemas:
personales (enfermedades, imagen corporal, alcoholismo,
depresión, crisis de fe, etcétera), pérdidas con
significación afectiva (muerte de seres queridos, cambios
de lugar de residencia, desempleo, peleas con
amigos, etcétera), familiares (separación o divorcio
de los padres, discusiones con hermanos o tíos,
abandono, negligencia, etcétera), legales/violencia
(accidentes, intervención policial, asaltos, robos,
abusos, actividades delictivas, entre otros), sexuales
(violaciones, embarazos no deseados, conflicto con
la identidad sexual, enfermedades sexuales, etcétera),
educativos (dificultades de aprendizaje, pérdida
de exámenes, confusión vocacional, fracaso escolar,
discriminación, entre otros), paternos/maternos (vicios
de los padres, castigos físicos por parte de los
padres, padecimientos de los padres, nueva pareja de
los padres, etcétera) y otros (relaciones de romance,
relaciones de amistad, vínculos con pares, etcétera).
Sobre problemáticas de los jóvenes latinoamericanos,
Rodríguez (2001) afirma que la juventud
es el eje central de los dos principales problemas
de la región —el desempleo y la inseguridad ciudadana—
y, por si fuera poco, son también un factor
de gran relevancia en el tercer gran problema
de la región: la fragilidad democrática. Rodríguez
también destaca la existencia de problemas como
la exclusión social, el aislamiento social, el hueco
normativo y la presencia de subculturas marginales
y violentas. Por otra parte, Rodríguez asegura que,
ante estas problemáticas, las sociedades latinoamericanas
muestran una marcada ambivalencia porque
miran a sus jóvenes como una “esperanza bajo
sospecha”, un grupo del que se espera mucho, pero
a la vez se desconfía de sus posibles y temidos “desbordes”
juveniles. 
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